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Gautama del Campo, el feliz reencuentro . Sara Arguijo

Más allá de servir para presentar las sutiles y sugerentes composiciones de ‘Salvaje moderado’, el nuevo álbum del saxofonista, el recital se convirtió en un feliz reencuentro (había sido aplazado en dos ocasiones por el virus) en el que Gautama fue viajando de la nostalgia a la esperanza y del anhelo a lo terrenal, haciendo que las melodías se engarzaran con absoluta sencillez y naturalidad y consiguiendo que tanto con el resto de la banda como con los invitados surgiera un diálogo, distendido y abierto en el que el gesto del otro servía de estímulo.

Es decir, lo que ofrece el músico es un repertorio amable, emotivo e intenso. Su música no es pretenciosa porque no busca el virtuosismo sino la emoción. Por eso, nos hizo conectar tanto en la melancolía de esos quejíos hondos que salieron de su saxofón. O en el mensaje vitalista y enérgico que transmiten otras piezas como las bulerías Calle Moraima o los Tangos del olvido donde Gautama del Campo consigue que los ritmos fluyan sin perder nunca la flamencura (¡Por cierto cuánto ayudaron esas manos del Bobote y de un Torombo pletórico!)

Claro que cuando más lo vimos crecer fue cuando su saxo le cantó a la guitarra sensible y personal de Pedro María Peña en Último fandango en París regalándonos un momento de éxtasis rítmico al que se sumó con acierto la voz fresca de Cristian de Moret. Y cuando sus vientos buscaban el hueco en el que adentrarse en el universo de Riqueni (¡soberbio junto a la voz recia del gran Juan José Amador al que tantas ganas teníamos de oír!) para abandonarse juntos en una suerte de sincericidio musical. En definitiva, Gautama ejerció de generoso anfitrión y consiguió que todos se (y nos) sintieran como en casa. De ahí que el público acabara aplaudiendo en pie y dando las gracias por disfrutar de estos ratos que cada vez se echan más de menos.



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